domingo, 19 de julio de 2015

Una princesa verdadera



Había una vez un príncipe que juró no casarse más que con una princesa verdadera.
Viajó por todo el mundo en busca de esposa. Conoció muchas princesas, pero jamás quedó convencido de que una fuera auténtica, como deseaba. Regresó a su palacio.
       Una princesa verdadera — dijo a su madre— debe ser mucho más delicada que una persona corriente.
Una noche hubo una tormenta espantosa. Los truenos ensordecían y los rayos deslumbraban. Llovía a torrentes.  Cuando la tormenta había empeorado, llamaron a la puerta del palacio. El propio rey fue a ver quién era.
Había una joven bajo la lluvia. El viento la hacía temblar. El agua chorreaba de su pelo y su vestido, se le metía en los zapatos y salía de ellos como si escapara de un surtidor.
    ¿Quién eres, muchacha? — Preguntó el rey —. ¿Por qué no estás en tu casa?
— Soy una princesa — Respondió la joven —. Una princesa verdadera. Me he perdido y estoy buscando sitio en que refugiarme.
La reina oyó por casualidad su aseveración de que era una princesa verdadera.
“bueno, pronto veremos si lo es”, pensó, e inventó una estratagema para averiguar si la recién llegada decía la verdad o mentía para casarse con el príncipe.
Se dirigió a un dormitorio, deshizo la cama y puso una lenteja en ella.  Colocó encima cinco colchones, unas mantas y otros cinco colchones, y acabó de hacer la cama. Después ayudó a la princesa a subir a lo alto de aquella tremenda montaña de cosas.
La princesa bajó de ella al día siguiente y la reina le preguntó cómo había dormido. La joven exclamó:
    ¡Muy mal! Creo que había una piedra en la cama. La noté constantemente. Sólo pude cerrar los ojos durante unos pocos segundos en toda la noche.
Sin embargo, la reina no estaba convencida de que la princesa lo fuese de veras. Pero,  como era muy buena, decidió probarla de nuevo. Antes de acostarse amontonó sobre la lenteja cuarenta colchones, veinte de lana y veinte de plumas, en la cama de la joven. Ésta tuvo que subir a lo alto con la ayuda de una escalera de mano. Semetió entre las sábanas y se dispuso a descansar. Tenía mucho sueño.
A la mañana siguiente le preguntaron qué tal había pasado la noche.

     ¡Pésimamente! Se quejó la princesa—. Apenas he podido dormir. Había algo en el fondo de la cama, y estoy cubierta de cardenales, como si me hubieran pegado. ¡Ha sido horrible!
De esta manera supieron que era una verdadera princesa, porque, a través de cuarenta colchones, veinte de lana y veinte de plumas, la lenteja la había lastimado.
Así pues, el príncipe contrajo matrimonio con ella. Las pruebas a las que había sido sometida no resultaron inútiles. La joven era no sólo hermosa, sino buena, inteligente y cariñosa. Todo ello les permitió vivir felices el resto de su vida, amados por todo el mundo.
La lenteja, que había sido la clave de su dicha, fue trasladada con mucho cuidado a un museo, donde estará aún si alguien no se la ha comido.

Fin







Después de haber leído el cuento me surgen estas preguntas ¿por qué crees que el príncipe se quería casar con una princesa "verdadera"? ¿qué significa ser una princesa "verdadera" de acuerdo a este cuento? ¿qué enseñanza, si es que hay alguna, les deja a los lectores?

sábado, 18 de julio de 2015

Los siente Cabritos y el Lobo

Érase una vez una vieja Cabra, que tenía siete Cabritos, a los que amaba tanto como toda madre suele amar a sus hijos. Cierto día tuvo que ir al bosque a buscar alimento para ellos, y, antes de dejarlos, les llamó, y les dijo:
        Queridos hijos, tengo que irme al bosque ¡mucho cuidado con el Lobo! Si llegara a entrar en nuestra casa, os comería con huesos, y carne, y piel, y todo. El bribón suele disfrazarse muy bien, pero le conoceréis por su ronca voz y sus patas negras.
Los Cabritos dijeron:
            Tendremos cuidado, querida madre. Puedes irte tranquila por nosotros.
Balando tiernamente, la vieja Cabra se fue a su trabajo. Antes de que pasara mucho tiempo, alguien llamó a la puerta de la casita, diciendo:
     Abridme la puerta, queridos hijos. Soy vuestra madre que vuelve y os trae la comida.
Pero los Cabritos reconocieron en seguida que aquella voz era la del Lobo.
 No queremos abrirte la puerta —gritaron. — No eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y bonita, y la tuya es ronca. Tú eres el Lobo que quiere engañarnos.
Se fue el Lobo a la tienda y compró claras de huevo, que tomó, y su voz se volvió suave y cariñosa. Volviendo a casa de la Cabra, llamó a la puerta de nuevo, diciendo:
    — Abridme la puerta, mis queridos hijos. Soy vuestra madre que vuelve y os trae la comida.
Pero el Lobo había apoyado una de sus patas en la rendija de la puerta y los cabritos la vieron y gritaron:
     No podemos abrirte la puerta. Las patitas de nuestra madre son blancas y lindas. Las tuyas son negras, porque eres el Lobo.
El Lobo; criatura a la que no se le debe abrir la puerta

Entonces el Lobo se fue a casa del panadero y le dijo:
    — Me he ensuciado las patas; ponme en ellas un poco de masa.
Y cuando el panadero le hubo puesto masa en las patas, se fue al molinero y le dijo:
     Ponme un poco de harina en las patas.
El molinero pensó: “Este viejo Lobo quiere engañar a alguien”, y se negó a lo que le pedía.
Pero el Lobo dijo:
    —  Si no lo haces, te comeré.
El molinero, asustado, le enharinó las patas. La gente es miedosa…
Entonces el bribón fue por tercera vez a llamar a casa de la Cabra y dijo:
    — Abridme la puerta, hijos míos. Soy vuestra madre que vuelve del bosque y os trae la comida.
Los Cabritos gritaron:
    — Enséñanos primero tus patas, para que estemos seguros de que no nos engañas.
Les mostró el Lobo las patas por la rendija, y cuando las vieron tan blancas y finas, creyeron en el engaño y le abrieron la puerta.
¡Ay, ay, ay! Era el Lobo, que entraba en la casa. Los pobres Cabritos, aterrorizados, trataron de esconderse. Uno se metió debajo de la mesa, el segundo se subió a la cama, el tercero se metió en el horno, el cuarto corrió a la cocina, el quinto se encerró en la alacena, el sexto se metió en el lavadero y el séptimo se escondió en la caja del reloj. Pero el Lobo los encontró a todos, menos a uno, y se los comió. Uno tras otro fue tragándoselos, excepto al más pequeño de todos, que estaba metido en la caja del reloj, y al cual no pudo encontrar. Cuando hubo satisfecho su apetito, se marchó y, echándose al lado del río, pronto se quedó dormido.
Un Cabrito en un mal escondite

No tardó mucho la Cabra en volver del bosque. ¡Oh, qué terrible visión contemplaron sus ojos! La puerta de la casa estaba abierta de par en par. La mesa, las sillas, los bancos, todo estaba patas arriba; colchas y mantas caían de la cama, la vajilla estaba hecha pedazos. Por toda la casa buscó a sus hijitos, pero no los pudo encontrar. Uno por uno los llamaba por sus nombres, pero ninguno le contestó. Por último, cuando hubo llamado al pequeño, oyó una débil voz que gritaba:
    —  Aquí estoy, querida madre, escondido en la caja del reloj.
La madre lo sacó de su escondrijo, y él le contó cómo el Lobo había venido y devorado a todos sus hermanos.
Es de suponer como lloraría la pobre Cabra a sus hijitos.
Por último, siempre apenada, se decidió a salir y el Cabrito más pequeño Salió también corriendo, a su lado. Cuando llegaron junto al río, vieron al Lobo dormido bajo un árblo, haciendo temblar las ramas con sus ronquidos. Lo examinaron por todos lados y pudieron observar ciertos movimientos dentro de su vientre hinchado.
    ¡Dios mío, Dios mío! — Pensó la Cabra. — ¿será posible que mis pobres hijos, a quiénes esta fiera se ha comido para cenar, vivan todavía?
Envió al cabrito a su casa en busca de tijeras, dedal, agujas e hilo. Entonces cortó un gran ojal en el vientre de la bestia, y, apenas había empezado su tarea, cuando un precioso Cabrito asomó su cabeza por el agujero, y apenas éste fue suficientemente grande, los seis hijitos de la Cabra salieron saltando y bailando, uno tras otro, todos vivos y sin haber sufrido lo más mínimo, pues, en su glotonería, el Lobo se los había tragado enteros y sin masticar. Es fácil imaginar la alegría de la Cabra. Los acariciaba, y brincaba tan contenta como un sastrecillo en día de boda.
Por último dijo:
    — Id a buscar algunas piedras grandes, hijos míos, y llenaremos con ellas el cuerpo del Lobo, mientras sigue durmiendo.
Cuando los siete Cabritos trajeron, tan de prisa como les fue posible, un gran número de piedras, llenaron con ellas la barriga del Lobo hasta que no cupieron más. La vieja Cabra cosió luego, de prisa, de prisa, el agujero, sin que el animal se diera cuenta de nada ni moviera una pata.
Al fin, cuando el Lobo se despertó, las piedras le habían dado mucha sed, y se acercó al río para beber, pero las piedras pesaban, pesaban, y tiraban de él hacia la corriente. Entonces exclamó:

Me duele todo: la carne y el hueso.
En la barriga siento un gran peso.
Los seis cabritos enteros comí,
Y ahora, como piedras tiran de mí.

Y al tocar con el hocico el agua, las piedras le arrastraron y cayó en la corriente.
Cuando los siete Cabritos supieron lo sucedido, se apresuraron a correr a su casa gritando con toda su alma:
    — ¡El Lobo ha muerto, el Lobo ha muerto! — y ellos y su madre cantaron y bailaron alegremente toda la noche.

¿Qué aprendiste?

Fuente:

Hermanos Grimm. (1984). Cuentos de Grimm. Editorial época: México D.F.
Dibujos por Mónica Cueva