Había una vez un
príncipe que juró no casarse más que con una princesa verdadera.
Viajó por todo el
mundo en busca de esposa. Conoció muchas princesas, pero jamás quedó convencido
de que una fuera auténtica, como deseaba. Regresó a su palacio.
— Una
princesa verdadera — dijo a su madre— debe ser mucho más delicada que una
persona corriente.
Una noche hubo
una tormenta espantosa. Los truenos ensordecían y los rayos deslumbraban.
Llovía a torrentes. Cuando la tormenta
había empeorado, llamaron a la puerta del palacio. El propio rey fue a ver
quién era.
Había una joven
bajo la lluvia. El viento la hacía temblar. El agua chorreaba de su pelo y su
vestido, se le metía en los zapatos y salía de ellos como si escapara de un
surtidor.
—¿Quién
eres, muchacha? — Preguntó el rey —. ¿Por qué no estás en tu casa?
— Soy una princesa — Respondió la joven —. Una princesa verdadera. Me he
perdido y estoy buscando sitio en que refugiarme.
La reina oyó por
casualidad su aseveración de que era una princesa verdadera.
“bueno, pronto
veremos si lo es”, pensó, e inventó una estratagema para averiguar si la recién
llegada decía la verdad o mentía para casarse con el príncipe.
Se dirigió a un
dormitorio, deshizo la cama y puso una lenteja en ella. Colocó encima cinco colchones, unas mantas y
otros cinco colchones, y acabó de hacer la cama. Después ayudó a la princesa a
subir a lo alto de aquella tremenda montaña de cosas.
La princesa bajó
de ella al día siguiente y la reina le preguntó cómo había dormido. La joven
exclamó:
—¡Muy
mal! Creo que había una piedra en la cama. La noté constantemente. Sólo pude
cerrar los ojos durante unos pocos segundos en toda la noche.
Sin embargo, la
reina no estaba convencida de que la princesa lo fuese de veras. Pero, como era muy buena, decidió probarla de
nuevo. Antes de acostarse amontonó sobre la lenteja cuarenta colchones, veinte
de lana y veinte de plumas, en la cama de la joven. Ésta tuvo que subir a lo
alto con la ayuda de una escalera de mano. Semetió entre las sábanas y se
dispuso a descansar. Tenía mucho sueño.
A la mañana
siguiente le preguntaron qué tal había pasado la noche.
— ¡Pésimamente!
Se quejó la princesa—. Apenas he podido dormir. Había algo en el fondo de la
cama, y estoy cubierta de cardenales, como si me hubieran pegado. ¡Ha sido
horrible!
De esta manera
supieron que era una verdadera princesa, porque, a través de cuarenta
colchones, veinte de lana y veinte de plumas, la lenteja la había lastimado.
Así pues, el
príncipe contrajo matrimonio con ella. Las pruebas a las que había sido
sometida no resultaron inútiles. La joven era no sólo hermosa, sino buena,
inteligente y cariñosa. Todo ello les permitió vivir felices el resto de su
vida, amados por todo el mundo.
La lenteja, que
había sido la clave de su dicha, fue trasladada con mucho cuidado a un museo,
donde estará aún si alguien no se la ha comido.
Fin
Después de haber leído el cuento me surgen estas preguntas ¿por qué crees que el príncipe se quería casar con una princesa "verdadera"? ¿qué significa ser una princesa "verdadera" de acuerdo a este cuento? ¿qué enseñanza, si es que hay alguna, les deja a los lectores?